Eventualmente va a dormir hasta tarde en lugar de despertarte de madrugada los fines de semana. Y cuando despierte, se va a hacer el desayuno él solos.
Tus sábados por la mañana van a volver a ser algo tranquilos, porque vas a poder despertarte hasta las 9 am, hacerte un café, que te vas a tomar todavía caliente, y podrás leer algo de ese libro que te tiene enganchadísima. Pero eso sí, vas a tener que guardar la leche en el refrigerador porque tu niño JAMÁS se va a acordar de hacerlo. Nunca.

Va a encontrar su propia diversión, y no siempre, va a incluir actividades cercanas a la muerte. Vas a poder dejarlo solo en la pista de patinaje o la plaza por una o dos horas sabiendo que entre él y sus amigos se van a cuidar, y que después te va a platicar todos los albures y bromas que hicieron.
Vas a empezar a tener conversaciones reales con él. De esas que incluyen sus planes y sueños, sus frustraciones y dolores, y a veces, hasta los tuyos.
Vas a descubrir con sorpresa y curiosidad lo divertido y profundo que puede ser.
Va a saber cuando estés estresada… no significa que siempre va a ser compasivo o prudente, pero puede que decida volverse invisible un ratito por voluntad propia para luego reaparecer y preguntarte cómo estás.
Se va a bañar sin que tengas que pedírselo, y hasta desodorante y perfume se va a poner.
A veces, cuando notes que ya, por fin, se durmió, vas a entrar a su cuarto en la noche para ver como entre esos gestos adolescentes se asoma la ternura de un niño, y cómo su rostro puede verse angelical mientras duerme.
Se va a poner de malas, y va a ser muy huraño sin que tú entiendas del todo porqué, y vas a rezar y a preocuparte tratando de recordar cómo era eso de ser adolescente. Y luego, un día, te vas a despertar y esa tormenta habrá pasado y tu alto y guapísimo hijo/adulto/niño/adolescente/algo, volverá a ser él mismo. Y eso va a pasar con una frecuencia que vas a sentir que te estás volviendo loca.
Nunca va a aprender a no aventar cosas dentro de la casa.

Va a comerse toda la botana que encuentre, bueno, toda la comida (la que le gusta claro, no la comida sana que le preparas), y tendrás que ir al súper más seguido que nunca. Ah, y encontrarás platos, vasos y tazas en los lugares más raros de la casa.
Vas a ver calcetines y zapatos también.
Va a comer y comer y comer y nunca tendrás suficiente fruta, leche ni galletas en casa.
Va a dejar de colgarse de ti, pero en secreto va a necesitar más abrazos espontáneos que nunca.
Y un día, cuando te acerques a darle un abrazo, te vas a preguntar dónde quedó aquel niñito que cabía en tus brazos y se sentaba en tus piernas.
Y puede que todo esto te rompa el corazón, pero también lo va a llenar, porque tu hijo está creciendo y convirtiéndose en el hombre al que más vas a amar.
Atte.
La mamá de un varón adolescente.

